Durante muchos años pensé que aprender a gestionar el dinero era algo que llegaba con la edad. Que, de alguna manera, cuando uno se hacía adulto aprendía a ahorrar, a planificar sus gastos, a tomar decisiones económicas y a entender cómo funcionaba el dinero.
Con el tiempo descubrí que no era así.
Y lo descubrí, en buena parte, a base de errores.
Cuando era joven no tuve una formación financiera que me enseñara a entender el dinero de una manera práctica. Nadie me explicó de forma sencilla cómo establecer prioridades, cómo organizar lo que ganaba, cómo diferenciar entre lo que necesitaba y lo que simplemente quería, o por qué determinadas decisiones tomadas a una edad temprana podían tener consecuencias muchos años después.
Por eso, cuando hablamos de educación financiera para niños y adolescentes, creo que también deberíamos preguntarnos algo: ¿estamos utilizando las herramientas y los métodos que realmente conectan con ellos?
Y aquí aparece una oportunidad enorme: la educación gaming.
Para un niño, jugar no es simplemente una forma de pasar el tiempo. El juego puede convertirse en una forma de experimentar, tomar decisiones, equivocarse y descubrir las consecuencias de lo que hace.
Precisamente por eso considero que el gaming y la educación pueden tener una relación especialmente interesante.
Un juego puede plantear un objetivo, establecer unas reglas y permitir que el niño tome decisiones dentro de un entorno controlado. Puede gastar unos recursos, ahorrar otros, enfrentarse a una dificultad y descubrir qué ocurre cuando toma una mala decisión.
¿No es eso, en cierta manera, lo que hacemos constantemente con nuestras finanzas?
La diferencia es que, cuando estamos aprendiendo jugando, podemos equivocarnos sin que ese error tenga las consecuencias que tendría en la vida real.
Cuando pensamos en educación financiera solemos imaginar conceptos complicados, gráficos, porcentajes o términos económicos.
Pero para un niño podemos empezar mucho antes.
Podemos preguntarle:
“Tienes diez monedas y quieres comprar algo que cuesta ocho. ¿Te las gastas todas o guardas alguna?”
O plantearle una situación:
“Puedes comprar ahora lo que quieres o esperar y conseguir algo que te interesa más dentro de unas semanas. ¿Qué elegirías?”
De repente, conceptos como ahorro, planificación, prioridades o coste de oportunidad dejan de ser teoría.
Se convierten en decisiones.
Y cuando una persona toma una decisión, observa sus consecuencias y puede volver a intentarlo, el aprendizaje adquiere otra dimensión.
Uno de los grandes valores de la educación gaming es la participación.
No es lo mismo decirle a un niño:
“Tienes que aprender a ahorrar”.
Que darle un determinado número de recursos y hacerle decidir cómo administrarlos para conseguir un objetivo.
En el segundo caso está participando.
Está pensando.
Está tomando decisiones.
Y, sobre todo, está aprendiendo haciendo.
Esto no significa que cualquier videojuego sea educativo ni que jugar sustituya a la educación tradicional. Significa que podemos aprovechar determinados elementos propios del gaming —retos, recompensas, objetivos, decisiones, simulaciones y consecuencias— para hacer que determinados aprendizajes sean más atractivos y memorables.
Creo que uno de los grandes errores que cometemos es esperar a que una persona tenga problemas económicos para empezar a enseñarle sobre dinero.
Aprendemos a conducir antes de tener un coche. Aprendemos determinadas normas antes de necesitarlas. Estudiamos durante años para prepararnos para una profesión que ejerceremos en el futuro.
Entonces, ¿por qué esperamos a que nuestros hijos sean adultos para hablarles de algo que van a utilizar prácticamente todos los días de su vida?
El dinero está presente en decisiones tan sencillas como elegir qué comprar, comparar precios, ahorrar para algo que queremos o decidir si merece la pena gastar ahora o esperar.
Por eso creo que la educación financiera debería comenzar mucho antes de que aparezca el primer sueldo.
Personalmente, considero que esta es una de las partes más importantes.
Yo aprendí muchas cosas después de equivocarme.
Por eso no creo que debamos intentar evitar que nuestros hijos cometan cualquier error. Debemos conseguir que tengan espacios donde puedan equivocarse, analizar lo ocurrido y aprender.
En un entorno de juego, ese proceso puede ser especialmente interesante.
Si un niño administra mal sus recursos y pierde una partida, puede empezar de nuevo.
Pero la próxima vez ya sabe algo que antes no sabía.
Ese pequeño error puede convertirse en una herramienta de aprendizaje.
Y quizá esa sea una de las grandes ventajas de unir educación financiera y educación gaming: podemos convertir conceptos abstractos en experiencias.
Cuando decidí escribir sobre educación financiera para los más jóvenes, tenía muy presente algo que me habría gustado tener cuando era joven: una formación práctica, sencilla y cercana que me ayudara a entender el dinero antes de tener que aprender muchas cosas por las malas.
Por eso, en Pequeños Economistas, además de explicar conceptos financieros, incorporé ejemplos, ejercicios y dinámicas pensadas para que determinados aprendizajes puedan trabajarse de una manera más participativa.
La idea es sencilla: si un niño puede aprender un concepto jugando, probablemente lo recuerde de una manera diferente a si simplemente se lo explicamos.
Y ahí es donde creo que la educación gaming tiene todavía muchísimo recorrido.
Cuando hablo de educación financiera, no pienso en enseñar a los niños a perseguir el dinero como si fuera el objetivo final.
Pienso justo en lo contrario.
Quiero que aprendan que el dinero es una herramienta.
Una herramienta que puede proporcionar estabilidad, opciones y libertad cuando sabemos utilizarla correctamente.
Un niño que aprende a ahorrar no solamente está aprendiendo a guardar dinero. Está aprendiendo a esperar.
Un adolescente que aprende a elaborar un presupuesto no solamente está aprendiendo a sumar y restar. Está aprendiendo a establecer prioridades.
Y un joven que entiende que cada decisión económica implica renunciar a otra posibilidad está desarrollando un criterio que le servirá mucho más allá de las finanzas.
No creo que tengamos que elegir entre educación tradicional y nuevas tecnologías.
Creo que podemos combinar lo mejor de ambas.
Un profesor, un padre o un educador puede explicar un concepto. Una aplicación puede ayudar a visualizarlo. Un juego puede permitir ponerlo en práctica. Y una conversación posterior puede ayudar al niño a comprender qué ha ocurrido y por qué.
Por eso me parece tan interesante hablar de educación gaming cuando hablamos de preparar a las nuevas generaciones.
No porque tengamos que convertir cada aprendizaje en un videojuego, sino porque tenemos una oportunidad de enseñar de una forma mucho más cercana a cómo los jóvenes consumen, experimentan y entienden hoy el mundo.
No podemos saber qué decisiones tomarán nuestros hijos dentro de diez, veinte o treinta años.
Tampoco podemos evitarles todos los problemas económicos que encontrarán en su camino.
Pero sí podemos ayudarles a desarrollar criterio.
Podemos enseñarles a pensar antes de gastar, a valorar el esfuerzo que existe detrás del dinero, a establecer objetivos, a tener paciencia y a entender que las decisiones de hoy pueden afectar al futuro.
Y podemos hacerlo hablando, practicando y también jugando.
Porque quizá la educación financiera no tenga que empezar con una clase.
Quizá pueda empezar con una pregunta, un reto, un juego o una pequeña decisión cotidiana.
Yo no tuve esa formación cuando era joven. Muchas de las cosas que hoy considero importantes tuve que aprenderlas con el tiempo y, en ocasiones, equivocándome.
Precisamente por eso creo que merece la pena que las nuevas generaciones tengan antes esas herramientas.
No se trata de enseñar a los niños a tener más dinero. Se trata de enseñarles a tomar mejores decisiones con el que tengan.
Y si conseguimos que aprendan mientras juegan, experimentan y se divierten, quizá estemos consiguiendo algo todavía más importante:
que aprender sobre dinero deje de ser una obligación y se convierta en una habilidad para la vida. 💙